“El verdadero misterio es aquel que se ve y no el invisible”.
Este aforismo del escritor Oscar Wilde refleja muy bien el estupor que siente una persona frente a uno de los trastornos mentales más sorprendentes que va en contra tanto del sentido común como de la naturaleza, me refiero al hecho de pegarse atracones de comida, inducirse el vómito para adelgazar con el fin de aliviar el sufrimiento.

Investigadores como Favaro, Ferrara, Santnastaso (2004), encuentran que teniendo en cuenta los diferentes trastornos alimentarios, como la bulimia nerviosa, anorexia, bing-eating, emerge que el 65% de los casos la bulimia está asociada al vómito autoinducido, patología definida hace más de 10 años por Giorgio Nardone como Síndrome del vómito (Centro di Terapia Breve Strategica di Arezzo), y un 70% de los mismos además se autolesionan.
Por tanto, comer y vomitar y torturarse aparecen juntos como actos compensatorios del sufrimiento y luego se transforman en compulsiones irrefrenables, creando una patología compulsiva basada en el placer o en un efecto sedante, que se diferencia del trastorno alimentario originario. Debido a esta característica especifica deben ser tratados diferentes a la bulimia, anorexia o a los trastornos obsesivo-compulsivos.
Las pacientes con el síndrome del vomito, normalmente mujeres, explican que su problema es una irrefrenable compulsión a comer y a vomitar, que al inicio lo viven como una pérdida de control, pero que con el tiempo se ha convertido en algo placentero, que invade toda su vida, tanto que normalmente o se saltan las comidas o comen poquísimo para después dejarse llevar por el rito de comer y vomitar.
El placer comienza con el deseo, con los pensamientos y la preparación de la comida, el éxtasis sucede mientras comen hasta sentirse llenas y su culminación al vomitar. Sería como decir que se han construido “un amante secreto”, con el cual se organizan para encontrarse, al igual que una joven enamorada que siente placer con las fantasías anticipatorias de su encuentro, después, cuando ocurre, se deja llevar por el gozo.
En estos casos la intervención psicológica consistirá, principalmente, en interrumpir esta secuencia haciendo que se convierta el placer en una tortura, convenciendo a la paciente a que ponga en práctica algo que va en contra de sus deseos.
Si la persona se lesiona para calmar su dolor, la terapia debe focalizarse sobre el evento que lo ha causado, un abandono, una muerte, un abuso sexual. Porque para eliminar la sintomatología anestesiante, es decir las autolesiones, se deberá reducir o eliminar la fuente de dolor que la hace necesaria.
“Si hay un problema también hay una solución”.
Fuente: “Uscire dalla trappola”. G.Nardone. M. D. Selekman.
Belén Silván Oró.
Psicóloga.

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