“Nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos”
Santo Tomás de Aquino
Las emociones se manifiestan tanto a nivel biológico como psicológico, no suelen manifestarse puras sino que aparecen mezcladas, mostrando muchas variaciones y matices, son una experiencia interna subjetiva que puede variar en intensidad. En función de lo que sentimos nuestro cuerpo se prepara para una acción determinada.
Las emociones son contagiosas y tienen algunas características universales como la expresón facial, a esta conclusión llegó el psicólogo Paul Ekman cuando estudió las emociones y su relación con las expresiones faciales, encontró que cuatro emociones (miedo, ira, tristeza y alegría) son reconocidas por personas de culturas diversas procedentes de todo el mundo. Cuando ante una situación concreta tenemos una emoción, nuestro cuerpo reacciona.
A priori, no podemos decir que las emociones sean buenas o malas en sí mismas, todas tienen una función, como por ejemplo el miedo, que puede servirnos de protección y nos sirve para ponernos a salvo, siendo adaptativo o nos puede generar muchas limitaciones en nuestra vida, siendo destructivo.
Si sabemos verlo las emociones nos proporcionan un aprendizaje. Sin embargo, cuando las emociones limitan nuestra vida, causando daño ya sea a nosotros mismos o a los demás, podemos decir que son negativas.
La Inteligencia Emocional propone el manejo de las emociones, gestionándolas adecuadamente. Daniel Goleman expandió este concepto a nivel mundial con la publicación de su libro “Inteligencia emocional” en 1996.
La estrategia clave para la competencia emocional es usar la autoobservación utilizando nuestra atención como guía. Aprender a reconocer nuestros pesamientos y sentimientos es la clave para no ser avasallados por ellos. Por ello y para ello tendremos que crear un “observador independiente” que nos de conciencia de nosotros mismos desarrollando una atención continua de los propios estados internos. Esta conciencia no se altera ni se deja llevar fácilmente por las emociones incluso por aquellas que nos generan una gran perturbación.
Dirigir adecuadamente nuestra vida emocional puede evitar que nuestros impulsos y pasiones nos lleven al fracaso, proporcionándonos una guía para tener una vida más óptima, pues como dijo Aristóteles: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.”
Mª Angeles Muñoz Roldán
Psicóloga
Jueves, 19 de Julio de 2012 11:16 Elena
Creo que puedo llegar a aprender a darme cuenta de cómo me siento y cómo relacionarlo con lo que me pasa. El desafío parece que llega cuando quiero hacer algo para cambiar… Y aún después de conseguirlo, desearía ser capaz de mantener activa esa capacidad para no ser víctima otra vez de una emoción destructiva.