“Nadie necesita más unas vacaciones que el que acaba de tenerlas”

Elbert Green Hubbard

Finaliza el verano y las vacaciones se acaban para muchos de nosotros, después de haber disfrutado de unos días de descanso y de ocio, en los que las horas de sueño se han alterado al igual que las comidas, hemos disfrutado de las noches, nos hemos levantado más tarde y hemos comido más relajadamente. El reloj no nos ha acompañado, sus manecillas no han sido nuestra prioridad, hemos disfrutado de nuestro propio reloj biológico.

Ahora tenemos que volver a nuestra vida “rutinaria” y volvemos con nuestros ritmos cambiados y volver en muchos casos significa que vuelven las prisas, el estrés, las preocupaciones laborales y familiares. Además, las vacaciones, para quienes hayan podido disfrutarlas, han servido para olvidar estos tiempos de crisis, por lo que también podemos encontrarnos con la incertidumbre.

Perdemos la libertad que el verano nos proporciona en nuestro comportamiento y en nuestra forma de vestir, las estaciones que se aproximan nos llevarán a enfundarnos en capas y capas para evitar sentir frío y los días serán más cortos.

Ante este panorama es frecuente y por otro lado resulta lógico,  sentirse triste, irritable, apático, insomne, con ansiedad…. Este conjunto de síntomas suele durar entre diez y quince días y es lo que se denomina el “SÍNDROME POST-VACACIONAL”. Para evitarlo se recomienda:

Volver varios días antes de incorporarse a las actividades habituales en el caso de que las vacaciones sean largas e ir retomando los hábitos poco a poco.

Partir las vacaciones para disfrutarlas en varios momentos del año es también una buena medida, siempre que sea posible.
Para afrontar con éxito el regreso a  nuestro día a día las motivaciones juegan un papel muy importante y es muy positivo emprender pequeños proyectos que nos ilusionen y reservarnos algunos momentos para nosotros mismos haciendo algo creativo, conversando con nuestros amigos y familia o planeando la caminata que queremos realizar el domingo en la sierra. Darnos cuenta de que en nuestra cotidianidad hay muchas pequeñas cosas que nos satisfacen y no por ser pequeñas son insignificantes. Si aprendemos a valorarlas encontraremos la auténtica “sal” de la vida.

Mª Áengeles Muñoz

Psicóloga

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