Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.  

Jorge Luis Borges.

¿Se imagina perder toda conexión con su vida pasada y presente? ¿Se imagina no recordar si está casado, no reconocer a sus hijos o esposa, no saber llegar a su propia casa, deambular sin dirección, no saber que hora es, creer que le quieren quitar su comida porque no se acuerda que acaba de comer?


La memoria y el Alzheimer

Quien padece la enfermedad de Alzheimer no se encuentra orientado ni en espacio ni en tiempo, no es capaz de aprender ni recordar nuevos datos, no reconoce a su familia, y solo en breves instantes parece recobrar la lucidez y te llama por tu nombre, o se sitúa en su juventud y te confunde con otra persona, tiene la memoria tan deteriorada que, por suerte, no se da cuenta de su pérdida. Es la familia la que experimenta la transformación de su ser querido a un desconocido: “físicamente es él pero su mente no esta conmigo, aunque a veces ese brillo en sus ojos vuelve y por un instante sé que me reconoce”.

Sabemos que los ovillos de Tau, proteína del cerebro, descritos por primera vez por el Dr. Alois Alzheimer en 1906, son un rasgo distintivo de la enfermedad de Alzheimer que causa la muerte de las células cerebrales y genera el deterioro de nuestras funciones cognitivas gradualmente hasta mutilar nuestro recuerdo y eliminar nuestra esencia.

Los déficits de memoria en la enfermedad de Alzheimer varían dependiendo del avance de la enfermedad, conocerlos nos ayudará a entender los límites del enfermo y disminuir nuestra frustración como familiares.

La memoria autobiográfica se verá afectada en un primer momento de la enfermedad, esta memoria hace referencia a los recuerdos relacionados con experiencias concretas de nuestra vida como nuestra graduación o el nacimiento de un hijo, donde están asociadas las emociones con lugares y hechos concretos. Nuestras experiencias, éxitos y fracasos nos hacen crecer, sin el recuerdo de haberlo experimentado somos frágiles cómo niños.

Posteriormente se deteriora la memoria semántica, que incluye el recuerdo consciente de la información sobre hechos y conocimientos generales sobre el mundo, se olvidan los datos aprendidos, por ejemplo, para responder a la pregunta de si la llave inglesa es una herramienta. Sin acceso al almacén de información sobre el mundo se producen errores en la denominación y en la descripción de objetos, en el conocimiento de las personas, animales y objetos, y se producen distorsiones temporales.

La persona olvida eventos recientes, lo que acaba de comer o con quien ha hablado hace unos minutos. Aparecen dificultades en el reconocimiento de las personas con las que convive. Es muy común que no recuerde cómo llegar a las tiendas que siempre ha frecuentado, saber dónde está el banco, al que siempre ha ido, o bien, qué camino tomar para regresar y llegar de vuelta a casa. Otros ejemplos son el no recordar la fecha, ni el día ni el mes en que vive, no saber la hora que es o creer que, aunque es de mañana, para él ya es de noche o viceversa. Se tienen problemas en encontrar las palabras adecuadas al hablar, evolucionando en un lenguaje incomprensible y finalmente al mutismo.

La memoria implícita se conserva hasta estadios tardíos de la enfermedad, es un tipo de memoria que opera de forma automática y no puede expresarse verbalmente. Es la que permite desempeñar acciones de forma inconsciente, como por ejemplo, escribir, montar en bicicleta, anudarse los cordones de los zapatos sin necesidad de pensar conscientemente sobre cómo realizar estas actividades.

En la curva final de la enfermedad las personas con Alzheimer pierden los automatismos en las tareas que requieren secuencias aprendidas, como vestirse, asearse, comer, siendo muy común que se pongan dos o tres calcetines en un mismo pie, o tal vez traten de colocarse la camiseta encima de la camisa, que se afeiten y luego se pongan la espuma de afeitar etc.

En la actualidad no existe ninguna cura para el Alzheimer, sólo hay tratamientos para retrasar el deterioro cerebral inevitable y mejorar la calidad de vida, a través de ciertos fármacos y la estimulación o la rehabilitación cognitiva.

La rehabilitación cognitiva, está demostrado que retrasa su evolución en fases iniciales de la enfermedad , porque el trabajo neuropsicológico se centra en las funciones de la memoria, atención, percepción, razonamiento, orientación que están conservadas todavía, a través de ejercicios que mantengan las conexiones neuronales activas.

Como reflejan numerosos estudios, los pacientes sometidos a este tratamiento mejoran tanto en test cognitivos (Mini-Mental, ADAS), como en autonomía, autoestima y calidad de vida.

Belén Silván Oró

Psicóloga