Imagínense que está caminando tranquilamente por la calle, y de pronto siente que el corazón se dispara y quiere salirse del pecho, empieza a sudar, las piernas no le sujetan el cuerpo, se marea, le falta el aire y ve borroso, la gente de su alrededor le parece extraña, cree que va a morir en este momento y acaba en urgencias. El examen médico es normal y el diagnóstico es un ataque de pánico.El ataque de pánico es la extrema expresión de una serie de síntomas, que puede ser causado por un estado de estrés, por una obsesión, por el miedo a tener una enfermedad, o por una crisis depresiva, esta lista puede ser tan extensa como la lista de patologías existentes.Tras haber vivido esta experiencia de pánico, es lógico temer sufrir un segundo ataque, y el miedo, la más primitiva de nuestras reacciones, nos orientan a huir de la amenaza, buscar protección y luchar contra lo que nos asusta. Estas formas de actuar son estrategias eficaces contra el miedo, pero su repetición constante va a producirnos inseguridad, desconfianza, dependencia, y aislamiento.

Si una persona asocia el miedo del ataque de pánico a una situación, por ejemplo ir al mercado, normalmente tiende a evitarla, se confirma así que es peligrosa y aumenta el miedo para la vez siguiente. Así se va construyendo gradualmente el trastorno de ataque de pánico, que puede considerarse no sólo una cadena de reacciones físicas, sino una manera de percibir la realidad. La persona que sufre ataques de pánico no está loca, no se ha provocado el primer ataque de ansiedad, sino que su organismo por alguna razón activa en ciertos momentos un mecanismo fisiológico, llamado respuesta de lucha o huida, que se pone en marcha en situaciones de amenaza y nos ayuda a escapar.

Este mecanismo que ha ayudado a nuestra supervivencia nos juega una mala pasada. De hecho la Organización Mundial de la Salud ha definido los ataques de pánico como la patología humana más importante, declarando que cerca del 20 % de las personas la sufre o la ha sufrido alguna vez.